Comunicacion no verbal detectar mentiras

Para capacitarse en la detección de mentiras, puede aprender más sobre la comunicación no verbal, la ciencia del engaño y entrenarse para detectar microexpresiones. Los hallazgos sugieren que la detección de la mentira es un proceso que suele iniciarse por pistas no verbales, más que un momento, determinado por la comunicación no verbal. El presente estudio explora una serie de posibles indicios conductuales de la mentira, con el fin de comparar los producidos por los hablantes con los atendidos por los oyentes.

Dado que la comunicación cara a cara es intrínsecamente multimodal, consideramos tanto el comportamiento verbal como el no verbal. Nos planteamos las siguientes cuestiones: En los casos en los que los hablantes pronuncian una falsedad literal, ¿producen pruebas perceptibles de que están mintiendo; además, los oyentes hacen uso de estas pistas para inferir la verdad? Esto es de particular interés, ya que la evidencia de la percepción de la mentira demuestra que los oyentes tienen fuertes creencias con respecto al valor discriminativo de muchos comportamientos de pista Akehurst et al., 1996; véase Zuckerman, Koestner, & Driver, 1981 para un meta-análisis, a pesar de la evidencia independiente de la producción de la mentira para sugerir que las pistas reales que se correlacionan con la mentira son débiles véase Hartwig & Bond, 2011, para un meta-análisis.

Hay que señalar que las dos hipótesis no son necesariamente excluyentes entre sí (véase Vrij y Mann, 2004). Por ejemplo, un mentiroso puede hablar más despacio debido a que tiene que pensar mucho, mientras que parece rígido como resultado de intentar controlar sus movimientos. Los indicios de comportamiento que surjan dependerán en parte de la capacidad del mentiroso para gestionar varios comportamientos de forma simultánea: La hipótesis de la jerarquía de fugas de Ekman y Friesen, de 1969, propone que algunos canales de comunicación son más difíciles de controlar para los hablantes que otros.

Señalan, por ejemplo, que las personas deberían tener más éxito en el control de su comportamiento facial, a excepción de las microexpresiones; véase Ekman, 2001, cuando mienten, que en el control de sus manos, pies o cuerpo, debido a la relevancia social de las expresiones faciales en la comunicación; véase Vrij et al., 2001. De forma similar, las señales del habla para mentir, con la excepción del tono de voz, se consideran con frecuencia más controlables que muchos aspectos del comportamiento no verbal Ekman, O’Sullivan, Friesen y Scherer, 1991; Sporer y Schwandt, 2006. Por lo tanto, es posible que tanto el esfuerzo cognitivo como el intento de control puedan influir simultáneamente en diferentes aspectos de la conducta del mentiroso.

En el pasado, los investigadores han criticado la tendencia de los estudios a basarse en paradigmas de mentiras con pistas, en los que se indica a los hablantes que mientan o digan la verdad por medio de un color o alguna otra forma de pista, por ejemplo, Burgoon y Floyd, 2000. Aunque estas señales tienen la ventaja de permitir un diseño equilibrado, por ejemplo, permitiendo un número par de declaraciones verdaderas y falsas, estas «mentiras instruidas» pueden ser problemáticas, ya que probablemente invocan procesos diferentes a los producidos bajo la propia voluntad del hablante. Esta cuestión se abordó en un reciente estudio de neuroimagen realizado por Sip et al.

en 2010, que utilizó un paradigma de juego en el que los participantes hacían afirmaciones verdaderas o falsas sobre un lanzamiento de dados a voluntad. Sip et al. observaron que, a diferencia de los estudios anteriores sobre la mentira inducida, las afirmaciones falsas no estaban asociadas a la actividad del córtex prefrontal dorsolateral DLPFC. Los autores atribuyen esto al hecho de que su tarea no implicaba la toma de decisiones a nivel de la selección de respuestas apropiadas en el contexto actual, un proceso que normalmente invoca la actividad en la DLPFC cf.

Frith, 2000. Confiar en las mentiras instruidas también puede socavar la motivación del hablante para mentir de forma convincente, planteando dudas sobre la autenticidad de la mentira producida. DePaulo et al.

2003 compararon los estudios en los que se ofrecían a los hablantes incentivos para tener éxito en la mentira con los que no ofrecían ninguna motivación especial, y descubrieron que los indicios eran más pronunciados en los hablantes que estaban motivados. En una línea similar, Bond y DePaulo 2006 observaron en 20 estudios que las mentiras producidas por hablantes motivados eran más fáciles de clasificar que las producidas por hablantes no motivados.