Mujer de la vida galante

En la época en que encontré los relatos de Gallant, estaba tratando de conciliar algunas de las dificultades que experimentaba al escribir sobre la etnia, concretamente la mía. En aquella época, no importaba en qué clase estuvieras, en Estados Unidos, existía la sensación de que mencionar la raza, la clase, la sexualidad -los hechos de una vida, en realidad- en tu ficción era estropear de algún modo una historia. Y como hombre gay de ascendencia mixta coreana y escocesa-irlandesa, comprendí que había crecido experimentando mi persona como una especie de tabú, demasiado complicado para ponerlo en una historia.

Lo que encontré en Gallant fue una mujer que había dejado su matrimonio en 1950 y partió hacia España desde Canadá, estableciéndose finalmente en París, donde viviría el resto de su larga vida en una especie de exilio, tanto de Canadá como del matrimonio. Lo hizo todo para convertirse en escritora, y lo consiguió, increíblemente. Publicó 116 relatos en el New Yorker entre 1951 y 1995.

Se ganaba la vida como alguien que publicaba cuentos en el New Yorker. Su «Selected Stories» tiene unas 900 páginas y ni siquiera son todas sus historias. Estas historias existen en un mundo en el que la gente es de muchos lugares y tiene historias complicadas en cuanto a su nacionalidad, su política y sus asuntos, y se describen de forma muy sencilla, y este enfoque práctico de su obra se convirtió en un modelo para mi propio enfoque.

Dejé de lado mi propia sensación de desplazamiento, o mejor dicho, la entendí como mi hogar real, y estudié la forma en que su obra operaba también desde este tipo de desplazamiento. Lady Gallant crea una trama bien tejida, pero con una rica textura, sin nada superfluo. Está escrita con una prosa limpia y elegante, sin una pizca de púrpura; la descripción económica de Robinson escoge los detalles reveladores para pintar cuadros vívidos de la vida de los Tudor.

Mención especial merecen los diálogos, brillantemente escritos, que son un placer de leer. Cargado de entusiasmo y elocuencia isabelina, sigue siendo siempre claro en su significado. Lo mejor de todo es que ninguno de los personajes utiliza el término freudiano «ego», que tanto me molesta.

Ya sea la mujer que participa en la demostración del último tanque o la líder serena y digna representada en el retrato de su presidente, Rogers era, en palabras de su compañero de comité Leonard Allen, una «dama muy galante de Massachusetts» que cuidaba «de esos buenos chicos» en el ejército «como una madre devota», al tiempo que reformulaba lo que su servicio significaba para la nación a través de su incesante apoyo.